¿Opositores de qué clase?

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Es artificial interpretar el hecho de que los partidos de oposición juntaron sus votos para elegir las mesas del Senado y la Cámara como el primer paso de la formación de un frente unificado contra el nuevo gobierno. Se trata de fuerzas demasiado heterogéneas, que no concuerdan ni sobre el principio básico de que con la integridad territorial no se juega. Tampoco sobre la exigencia de condenar la violencia política sin subterfugios. Ni sobre la defensa de la democracia en América Latina.

Además, las sorpresas con el Frente Amplio no terminan: el viernes 23, el diputado Tomás Hirsh encabezó una delegación de militantes que visitó a Cristina Fernández de Kirchner, símbolo de las corruptelas en Argentina y procesada en varias causas, lo que revela la magnitud de las confusiones frenteamplistas.

Hay un sector de la desaparecida Nueva Mayoría que se imagina que todo consiste en reeditar el clima beligerante que permitió unir a los opositores durante el primer gobierno del Piñera y luego pavimentar el triunfo de Bachelet. Pero el contexto de hoy es muy distinto, en primer lugar porque la coalición bacheletista salió reprobada en el examen de diciembre pasado. Y la mayoría de los ciudadanos no anhela precisamente que se repita aquella experiencia o algo parecido.

Otros opositores, en cambio, intuyen que no pueden asumir una actitud obstruccionista, y que necesitan demostrar buena voluntad ante el país, incluso porque no hacerlo les dañaría directamente. Es el caso de los dirigentes de la DC que, al parecer más conscientes de que está en juego la supervivencia del partido, optaron por dialogar directamente con el gobierno. Eso les ayuda a sacar la voz, pero no basta: la crisis de la DC es muy profunda y exige que decante un discurso vertebrado sobre el futuro, que le permita recuperar su identidad y actuar con autonomía. No será sencillo lograrlo porque varios de sus parlamentarios viven preocupados de “ser de izquierda” (en clave populista, desde luego).

Estamos ante un gobierno de centroderecha más bien atípico, al que cuesta asociar con una línea conservadora. Es válido afirmar, como lo hizo el economista Patricio Arrau, que el programa económico social de Piñera muestra cercanía con la visión de los gobiernos concertacionistas, sobre todo con el propósito de articular el crecimiento económico y la inclusión social. Esto desconcierta a quienes les acomodaría tener un enemigo más fácil de combatir, en lugar de esta centroderecha que parece dispuesta a desafiar los estereotipos.

Seguramente, habrá grupos que se opondrán “por doctrina” a las iniciativas del gobierno, pero la actitud racional es juzgarlas en su mérito. Lo que cuenta es que Chile progrese sobre bases sólidas, para lo cual se requiere apertura mental y disposición constructiva de todos los sectores. Será muy beneficioso si se materializa un amplio acuerdo en materia de desarrollo social al que concurran el Estado y el sector privado.

Sergio Muñoz Riveros

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